Testimonio

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Desde siempre me recuerdo como una niña solitaria. No porque no hubieran personas a mi alrededor, sino porque era difícil trazar puentes. El silencio fue mi compañero en esa soledad. Conversaciones hacia adentro y no mucha interacción. Entendía el mundo desde mis referentes más íntimos y personales. Entenderme con otros era retador. Descifrar juegos, temas de conversación, modos de integrarme era un tarea exigente para mí. Me volcaba hacia adentro, ensimismada, y creaba mis propios pasatiempos.

Tres años. Mis padres decidieron mudarse a Barquisimeto. Yo nací en San Cristóbal y allí permanecía el resto de mi familia. Tres años es poco, apenas algunos recuerdos en la memoria y una historia entera por construir. Cualquiera creería que iba a crecer como guara en la capital musical del país. Pero la verdad es que Barquisimeto era una ciudad totalmente ajena para mí y para mi familia, y con el pasar de los años siempre fui una gocha a donde quiera que llegara.

Seis años. Nació mi hermana. Fue duro, no tuvo suerte con la salud. Mi mamá lo padecía profundamente. Las mañanas las pasaba en el colegio y las tardes en las clínicas. Recuerdo el vacío ensordecedor de la rutina. El tiempo moviéndose lento, sin hitos hacia dónde dirigirme. Un día igual al otro. Cada año en un colegio distinto sin lograr adaptarme. Con el inicio del año escolar, la esperanza de por fin lograr integrarme. No fue exactamente así hasta el bachillerato, pero encontré algo antes.

Ocho años. En el patio durante el recreo vi a una niña tocar una flauta dulce. Me acerqué a ella y me dijo que formaba parte de un ensamble del colegio. Me vino la imagen de una flauta guardada en mi casa entre los cachivaches. Nunca creí que usaría aquella flautica de plástico hasta ese día. Me animé, la llevé al día siguiente al colegio y me acerqué al salón de música. La profe me enseñó la escala de Do mayor. Me salió sin mayor tropiezo. “Ven el viernes, estamos ensayando para el concierto de Navidad”. Así fue. Qué emoción al llegar a casa ese día. No paraba de tocar Jingle Bells y mostrarle a mi mamá cómo tocaba. “¡Mamá, mamá! Escucha”. Me sumé al ensamble. Salía de las clases para ir a los ensayos, hacíamos pequeños conciertos dentro y fuera del colegio. Hasta aparecimos un día en un canal de televisión local. Al final del año escolar, la profe le dijo a mi mamá: “su hija tiene talento, tiene que llevarla al Conservatorio”.

Sin pensarlo dos veces, mi tía corrió desde San Cristóbal a Barquisimeto. Conocía a la gente con la que había que hablar para entrar en el Conservatorio. Había mucha demanda y conseguir cupo era cuesta arriba. Contra todo pronóstico, logró conseguirme cupo para el año escolar entrante. El Conservatorio era muy distinto al colegio. Una estructura arquitectónica singular, espacios grandes y abiertos, niños corriendo y saltando por los jardines, músicos practicando en cualquier espacio donde hubiera un chance. Estaba entusiasmada. Veía las clases teóricas, pero también tocaba en una pequeña orquesta de flautas dulces. Al año escolar siguiente, ya no estuve más en esa orquesta. Había pasado de nivel y me correspondía empezar con un instrumento “principal”. La flauta dulce era un primer paso y ahora debía escoger otro instrumento. Pensé en la flauta transversa. Pero ¿cómo iba a hacerlo? Mi mamá solo me había inscrito en las clases teóricas. No entendíamos el entramado institucional. Era más complejo de lo que podía entender una familia de no músicos.

Once años. Finalizando el año escolar nos encontramos en un pasillo a la Coordinadora del núcleo de El Sistema en Barquisimeto, la persona con la que mi tía había hecho el enlace para entrar en el Conservatorio. Me preguntó qué instrumento estaba tocando. Le dije que veía algunas clases de piano. “El piano no te va a llevar a ninguna parte, tienes que tocar un instrumento sinfónico para que estés en la Orquesta”. Mi mamá había oído hablar de las increíbles giras internacionales a la que iban los músicos de El Sistema y vio una oportunidad de oro para mí. Ese año mis papás fueron a inscribirme. Me llamaron y me dijeron que ya no había cupo para flauta, que la única opción era el oboe. No tenía ni la más mínima idea de qué era eso, pero si no había más opción, no quedaba de otra que decir “está bien”. Al volver de esas vacaciones me acerqué a la oficina y la Coordinadora me dijo que fuera al cubículo 7 de la planta baja, que allí iba a encontrar al profesor de oboe y que le dijera que iba de su parte. Hice exactamente eso y el profesor me dijo que volviera al día siguiente con mis padres para acordar la logística de las clases. Fui con mi papá. El profesor nos mostró el oboe, nos explicó cómo funcionaba y me dio una caña para ponerme a prueba. Sonó al primer intento. “Es talento natural, muchas personas no logran hacerla sonar a la primera”. Estaba hecho, comenzaría clases en la cátedra de oboe del Conservatorio.

Así empecé con el que sería mi instrumento, uno muy singular que casi nadie conocía y pocos tocaban. Iba semanalmente a clases. Me iba bien a pesar de que no practicaba con tanta disciplina. No tenía estructuras ni referentes a mi alrededor que me incentivaran a hacerlo. Avanzaba, creo, gracias al talento. A los pocos meses alcancé mi primer hito: la orquesta infantil. El profesor me dijo que estaba preparada para entrar a la orquesta e hizo inmediatamente una llamada al director. Recuerdo los conciertos, los distintos escenarios, el orgullo de mis padres que asistían a cada uno de ellos. Cada vez me iba apropiando más del instrumento. El oboe se estaba convirtiendo en una parte importante de mi identidad. En el colegio me ofrecía para tocar en cualquier evento de talentos y en cada viaje a San Cristóbal lo llevaba conmigo para mostrarle a mi familia cómo tocaba. Era mi carta de presentación, mi arena de descubrimiento y de encuentro, mi objeto de deseos y aspiraciones personales. Con él era mucho más fácil entenderme hacia afuera y hacia adentro, ese idioma se me hacía más natural. Más puentes, más interacción, una sensación de integración. Formaba parte de algo, tenía amigos con los que compartía algo en común: la música.

Doce años. Los conciertos de fin de año reunían en una sola las distintas orquestas que hacían vida en el Conservatorio y los festivales internacionales congregaban a todos los oboístas de la ciudad —e incluso de otras partes del país— ante la visita de maestros de renombre que traía El Sistema, principalmente de Europa. Esos eventos me pusieron en contacto con el mundo del oboe más allá de la cátedra del Conservatorio. Un día apareció un mensaje en Messenger. No era de alguien que estuviera entre mis contactos. Era J, nada más y nada menos que el oboísta principal de la Orquesta Juvenil de Lara, un niño prodigio tan solo un año mayor que yo. Consiguió mi contacto por una amiga de la orquesta. Parecía interesado en mí. Creo que yo le había gustado. Guao… ¡Que halago! Nos escribíamos casi diariamente. Intercambiábamos por el chat mucho más de lo que podíamos intercambiar cuando nos veíamos en el Conservatorio. Éramos en extremo tímidos los dos y ambos nos gustábamos.

En el Conservatorio pasaba las tardes completas, sin importar a qué hora fueran mis clases o ensayos. Siempre había algo qué hacer en las horas muertas. Si no eran conversaciones de pasillo, era sentarme en cualquier lugar disponible para practicar en medio de todo el movimiento de gente y ráfagas de sonidos concentradas dentro del edificio. Lo que tocabas estaba a merced de quien pasara a tu lado, pero eso no me importaba. Ese era mi lugar de estudio. Un día, en una sesión de práctica sentada en un banquito del patio central apareció una mirada que me interrumpió de repente. ¡Qué nervios! Era J mirándome desde el piso de arriba. “¿Por cuánto tiempo me habría estado escuchando? ¿Cuántos errores habría alcanzado a escuchar?”. Se acercó y me dio un par de consejos. Yo no pude tocar más, estaba muerta de pena. En todo caso, J parecía determinado a ayudarme con mi ejecución. Él veía clases con otro profesor del que yo poco sabía. Solo sabía que llevaba otra cátedra un tanto excepcional que funcionaba los sábados y que de ahí venían los dos primeros oboes de la Orquesta Juvenil. Yo, en efecto, seguí avanzando. Pasé a la orquesta prejuvenil y al poco tiempo me convertí en la oboísta principal. Era otro repertorio donde había solos de oboe, los nervios de tener que tocarlos y la sensación de conquista al dominarlos. Sin duda me estaba convirtiendo en una oboísta sobresaliente. Tan sobresaliente que empecé a estar en la mira.

Sí, en la mira, como en una foto que encontré recientemente en el feed de la cuenta personal de Facebook de mi profesor de aquel entonces. No una foto personal, no una foto después de un concierto, ni durante un ensayo, ni de una clase magistral. En definitiva, no un gran evento como los que suelen postearse en redes sociales, sino la foto de una alumna en una práctica casual, de nuevo, en el patio central del Conservatorio. Una imagen capturada tal cual desde una mira que apuntaba desde arriba. ¿Qué significado tendría yo para ese profesor que decidió postear esa foto hace ya 12 años? “Eres su punta de lanza” decían algunos compañeros. ¿Qué quería decir eso? Aparentemente, que haría todo lo necesario para ponerme en alto en el mundo musical. Pero había algo más, otro deseo, otra intención. Este mensaje de cumpleaños deja ver indicios de aquella intención.

Un día de clase como cualquier otro, ya en el salón de clases minutos antes de empezar, J estaba ahí. “Aquí no puedes estar, ya la clase va a empezar y esta no es una clase magistral, es una clase particular”. J salió y, detrás de él, el profesor cerró las puertas. Si J se hubiese quedado… Ese día la clase fue distinta. La silla del profesor estaba más cerca de la mía que lo usual, sus manos se posaron en mi cuello. “Estás muy tensa, así no puedes tocar”, dijo mientras me masajeaba con sus manos. “El cuello es una zona muy delicada, nunca dejes que cualquiera lo toque”, comentó a pesar de que él lo estaba haciendo. Mi respiración se hizo más rápida y estrecha. Estaba petrificada, sentía que no me podía mover. Sus manos bajaron por mi espalda casi hasta mis glúteos. La clase siguió. Fue incómodo, desagradable. ¿Por qué el profesor había hecho eso? ¿A caso era parte de la clase? Era confuso y no podía procesar lo que había pasado. Lo mantuve en silencio.

Al final creo que intenté no hacerle cabeza. Pero, en definitiva, algo había pasado. No estudiaba las lecciones, le rehuía a las clases, buscaba excusas para no ir. Se habían vuelto momentos incómodos. Me cuestionaba por mi falta de disciplina. El oboe había perdido algo de fuerza, pues ya no me movía como antes. Por alguna razón no podía hacer la asociación con aquella escena en el salón de clases. Era más fácil pensar que algo iba mal conmigo y el oboe. En paralelo otra puerta se abría y se posicionaba como una alternativa. Estaba la cátedra en la que estudiaba J.

Trece años. Era un día sábado en medio de uno de estos festivales internacionales1. Terminó la jornada y mientas esperaba a que me fueran a buscar, me acerqué al salón de oboe. El mismo cubículo 7, pero con personas distintas a las que solía ver allí entre semana. Entré y algo ocurrió. Un cambio casi imperceptible en la atmósfera del salón, una mirada penetrante me atravesó. La atención volvió a la clase que el profesor estaba dando a un niño pequeño. No había visto a alguien tan pequeño tocar así. Al parecer, allí las clases eran distintas, otras personas podían entrar y presenciarlas. El salón estaba repleto de gente —los niños y sus madres o padres. El tipo de clase que dictaba el profesor también era distinta. No había muchos comentarios sobre la técnica, la afinación o los tiempos. Había mucho discurso, uno muy envolverte, adornado de reflexiones sobre el arte, el alma, la pasión. Luego entendí que era un performance que se había acentuado tras mi llegada al salón, una extraña en aquella comunidad reunida en torno a este extraño profesor, alguien por encantar. Y, aunque ahora desearía que no hubiese sido así, yo me quedé atrapada en ese encantamiento. Sin saberlo, me había parado frente a otra mira.

Me empecé a cuestionar si ese podía ser un lugar para mí y si allí podría seguir creciendo como la oboísta prometedora que era. Fue un momento de mucha confusión. Yo venía de experimentar aquel acoso en la otra cátedra. En esta otra había algo que me llamaba. Esa filosofía en torno a la enseñanza del oboe era seductora y, además, allí estaban mis amigos, incluyendo a J. Él quería que yo estuviera allí con ellos, tal vez pensaba que así habrían menos barreras para ayudarme con el oboe. A la vez, este profesor se veía en extremo interesado en mí. Empezó a hacer seguimiento a mi formación como oboísta, al punto que, un día tras un gran concierto de Navidad al que habían asistido Gustavo Dudamel y el maestro Abreu2, me tomó por sorpresa y me llevó hasta donde estaba el maestro para presentarme ante él y decirle lo brillante que era. ¿Qué necesidad de hacerlo? Él no era mi profesor. A los pocos días me escribió por mensajería de Facebook. El contenido ya no está disponible, pero queda el registro de la fecha de los mensajes.

Yo empezaba a compartir entre compañeros de la orquesta la idea de cambiarme de cátedra. Se removieron rumores. Algo turbio, algo misterioso, una tensión que no se mostraba de manera transparente. “Ten cuidado, él no es lo que parece”. La ambigüedad de esta advertencia y mi ingenuidad me impedían entender de qué se trataba. Es impresionante cómo los agresores no terminan de ser expuestos. No es solo el silencio. Son esas fallas en el lenguaje, esas vueltas que se dan para no nombrar las cosas por su nombre, que construyen unas complicidades tácitas en torno a estos personajes perversos. Lo que hacía ese profesor con niñas y jóvenes era un secreto a voces. En el momento, lo único que pude pensar es que tal vez él no era tan buen profesor como decía ser. Pero pensaba que eso parecía no tener mucho sentido. Los dos oboístas más talentosos del lugar en ese momento eran alumnos suyos. Además, este profesor, siempre estando un paso adelante de todo y a sabiendas de las advertencias que surgirían a partir del movimiento que yo intentaba hacer, narraba constantemente —cual teoría conspirativa— toda una trama de rivalidades de la que él era víctima debido al éxito de sus métodos poco convencionales. Todo era parte de una trama de manipulación.

En cualquier caso, J empezó a mediar para que yo lograra cambiarme de cátedra. El pobre salió con las tablas en la cabeza. “Me dijeron que no me metiera más en esto, que me hiciera a un lado”, recuerdo sus palabras. Los titanes habían hablado, él no podía interferir en el asunto. Estaba sola en aquel peligroso terreno. Después de eso, J tomó una distancia totalmente inexplicable para mí. Fue algo repentino. Yo estaba convencida de que había hecho algo para alejarlo, que había fallado en expresarle que verdaderamente quería estar con él. No pude hacer la conexión entre eso y la sentencia de aquellos titanes. Ahora entiendo que todo ese alboroto no se debió a un problema de lealtad entre cátedras —a los pocos días otro compañero también se habría cambiado de cátedra sin causar problema alguno, mientras que a mí esa decisión me había costado, incluso, que me quitaran el instrumento por unos días como represalia. En definitiva, era un problema de rivalidad entre hombres dispuestos a usar hasta el último extremo sus posiciones de poder para abusar de una niña de 13 años encantadora e ilusionada con trazar una carrera musical excepcional. En efecto, para mí el talento significó algo muy distinto de lo que significó para mis amigos oboístas —ellos todos eran varones y yo una niña. Ese talento me puso al acecho de dos hombres que lo explotaron como recurso para aprovecharse de mí.

De aquí en adelante viene la parte más dura de este relato, la más difícil de poner en palabras. Lo que este segundo profesor hizo conmigo no fue un evento de una única vez. Lo que pasó fue sistemático, fue pensado intencionalmente, fue impuesto de una manera tan sigilosa como para dejarme sin ninguna posibilidad de resistir al abuso y de imponer su dueñitud —en palabras de Rita Segato— sobre mi vida y sobre mi cuerpo.

Este profesor se manejaba, como dije anteriormente, con métodos excepcionales. Hacía llamar su cátedra “la cátedra experimental”. Un espacio paralelo carente de toda institucionalidad y sostenido por su prestigio como formador de oboístas excepcionales. Sus alumnos eran especiales, en palabras de él. Lo recuerdo decir “aquí todos han llegado con una historia especial”. No eran historias especiales, eran situaciones de vulnerabilidad que sabía leer con gran agudeza. Sus métodos se valían de un discurso enaltecedor del arte, de la pasión y de lo intelectual con un tono en extremo dogmático, en términos de todo o nada. Tenía una manera característica de meterse en tu mente y de hacerte dudar de tus creencias y de los aspectos más centrales de tu identidad. Una intensidad acosadora que se justificaba como el medio necesario para conseguir los resultados esperados. Si realmente querías llegar alto, tenías que aceptar aquella persecución.

Recuerdo una noche en una habitación en el hotel Eurobuilding de Caracas. Estábamos allí porque habíamos sido seleccionados para tocar en la Orquesta Sinfónica Nacional Infantil de Venezuela. Cada tantos años, El Sistema organizaba una Nacional Infantil que congregaba a los niños más talentosos de todo el país. Esa vez, organizaron un concierto con el director de la Orquesta Filarmónica de Berlín —Sir Simon Rattle— que se dio en el Aula Magna de la UCV3. El nivel de orgullo que sentí al estar allí no lo puedo explicar. Fue de las experiencias más satisfactorias que experimenté en mi vida. Pero a esos días de gloria les seguiría una fuerte caída. Yo ya estaba en medio de aquella persecución. Esa noche en la habitación me sentí asediada por la llamada de este profesor. Era muy tarde y me llamó para leerme poesía. Yo sentía que algo no estaba bien con esa llamada, tanto que le oculté a mi compañera de habitación quién estaba detrás del teléfono. Era su manera de volverse omnipresente. Tenía ojos y oídos en todas partes.

Catorce años. Al volver a Barquisimeto nos recibieron como héroes y motivo de orgullo para el estado Lara. Habíamos tocado un repertorio de muy alto nivel siendo tan solo unos niños. Como resultado, todos los que habíamos estado en la Nacional pasaríamos de inmediato a la Orquesta Juvenil. No teníamos que demostrar más nada, tan solo el hecho de haber enfrentado ese repertorio nos hacía merecedores de esos puestos. No duré mucho en la Juvenil4. Mi nuevo profesor habría dicho que yo no estaba preparada para estar allí, que era un salto abrupto y que me perjudicaría a la larga. Nadie entendía eso y yo no sabía qué hacer. Estaba segura de que sí tenía el nivel para estar allí, pero sus ideas eran tan penetrantes que no sabía cómo hacer valer mi voz. Todo era una farsa, un entramado para mantenerme bajo su control. Eventualmente cedí a su imposición. Ese día no entré al ensayo, lo que significó una clara conquista para este profesor. Me había hecho ceder a su control, sabía que ahora le pertenecía y lo iba a conmemorar. Era de noche y lo último que quedaba de vida en el Conservatorio era el ensayo de la Juvenil. Me quedé con él en el salón de oboe, de nuevo, el cubículo 7. Cerró la puerta, como antes lo hizo aquel otro profesor, y me besó. Mi cara de desconcierto fue evidente. Me dijo que no había nada malo en eso, que debía quedarme tranquila. Yo no estaba tranquila, pero me sentía en el aire. No tenía nada ni nadie de dónde agarrarme. Él se había asegurado de arrebatarme todos mis posibles espacios de protección.

La culpa me invadía. Yo había salido de la otra cátedra y me había empeñado en venir a esta otra a pesar de las advertencias. Ahora sí quedaba claro a qué se referían. En ese momento sentí que le había vendido mi alma al diablo a cambio de una promesa adornada de valor artístico. Me había metido en la boca del lobo. ¿A quién iba acudir después de haber movido tal alboroto por estar en esa cátedra? ¿Qué me iban a decir? Esas preguntas me interpelaban y me paralizaban. Yo creí que no podía echar para atrás después de tanto, que ya las cartas estaban echadas. Era una chama con mucho ímpetu. Parecía fuerte, pero la verdad no lo era. Era muy vulnerable e incapaz de protegerme. No sabía a lo que me estaba enfrentando, pero sea lo que fuera, pensaba que debía enfrentarlo sola.

Esta persona se había ganado la confianza de mis padres. Al tiempo supe que me había vendido ante ellos como una chama con problemas graves, encarrilada en un camino de perdición y metida en problemas de alcohol. Se aprovechó de su poder como respetado profesor para hacerles creer que gozaba de mi confianza y que yo le había confesado aquel tipo de cosas. De nuevo, una trama de distorsiones. Yo tenía 14 años, por Dios. Lo más que podía haber hecho era hablarles mal a mis padres una que otra vez o salir a fiestas con amigos donde, por supuesto, había alcohol. Estaba en plena adolescencia y retar los límites es parte de esa etapa. Mis padres, en medio de su angustia se dejaron atrapar por su discurso mesiánico. Si querían garantizarme un futuro grande en la música, tendrían que confiar ciegamente en él, pues era el único que “me podía salvar”.

Yo me sentía asfixiada y atrapada. Todos mis espacios habían sido invadidos por él. En un punto se hizo intolerable y recuerdo una noche en mi casa esconderme un closet y luego intentar huir. Él estaba allí. Había creado el hábito de estar en mi casa. Solía llevarme al salir del Conservatorio pues vivía en una zona cercana y luego pasaba las horas allí. Entré en crisis, estaba desesperada, me escondí en el closet. Mis padres y él me buscaban. Como pude, logré escabullirme y salí a la urbanización. Caminé hacia la calle de más arriba, me senté en el garaje de una casa y me quedé allí. Igual no tenía a dónde ir. Solo pensaba “por qué no me traje mi cartera”. Solía tener algo de dinero que me hubiera servido para tomar un taxi e irme a alguna parte donde pudiera confesarle a alguien todo lo que me estaba pasando. Me vino la idea de ir a casa de J. Yo fantaseaba con que algún día él me salvaría de aquella pesadilla. Cuando finalmente me encontraron, el profesor apartó bruscamente a mi mamá y le hizo saber que él se haría cargo de controlar la situación, ejerciendo el poder de mentor que se había asegurado.

Aquella fantasía de ser salvada por J era, claramente, un profundo anhelo por tener una relación normal, un primer romance con alguien de mi edad, alguien con quien experimentar y descubrir cosas en igualdad de condiciones, alguien a quien yo creía que verdaderamente le importaba. Esa posibilidad me fue robada por este profesor que se adueñó del inicio de mi sexualidad, que fue en extremo traumática, impuesta, oscura y clandestina… Luego de todo lo que pasó, contactar con mi sexualidad y establecer relaciones amorosas ha sido profundamente difícil y doloroso. Un campo minado. Un terreno en el que aún me queda mucho por sanar para poder reconciliarme con mi cuerpo, con el placer y con el contacto.

Al beso en el salón de oboe le siguieron muchos más actos de abuso que fueron en escalada. Las idas a mi casa en su carro fueron los primeros espacios donde aprovechaba para tocar mi cuerpo. Después me invadiría también en mi casa. Les aseguraba a mis padres que era crucial para mi formación artística que yo supiera de poesía y literatura. “El arte no es un oficio, es una forma de vida”, era su argumento para justificar algunos minutos de lectura de poesía en mi cuarto antes de irme a dormir. Aún hoy le rehúyo a la poesía. Se me hace totalmente aversivo. En esos momentos aprovechaba para posarse sobre mí. Podía sentir sus erecciones. Se frotaba contra mi muslo o mi entrepierna hasta eyacular. Yo sentía muchísima culpa, era desagradable, era asimétrico. Un escenario dispuesto únicamente para su propio placer.

Recuerdo decirle un día, en un intento por hacerle saber que yo quería que parara: “¡Ya! Pareces un abusador”. Más vale no haberlo dicho. Me hostigó hasta el cansancio. Para él no era posible que yo pensara eso. No logro recordar con exactitud sus palabras, pero lo racionalizaba e intelectualizaba diciendo que no era nada mundano, que yo no podía pensar eso de él, que todo era parte de un amor poético que sentía por mí y que eso era pasión artística. Para mí era confuso, no tenía mucho sentido a la luz de sus actos. Pero ¿cómo podía desconfiar de sus intenciones si era una persona tan admirada por tantos? Lo cierto es que nunca me sentí atraída por esa persona. Yo solo me sentía acorralada, sin salida. En efecto, él sí tenía clara de las implicaciones de lo que estaba haciendo. “¿Sabes lo que les pasa a los hombres que van presos por abuso a menores?”. La idea que está en el imaginario colectivo de que, incluso dentro de los códigos del mundo delictivo, el abuso infantil es condenado con violaciones hasta con la muerte. Qué manera tan perversa de responsabilizarme por su vida y de cercenar cualquier intento de denuncia. Qué peso tan grande con el que yo debía cargar. Debía callar el secreto.

De allí pasaría a incorporar estos abusos a las clases. “El sonido es el reflejo del alma de quien lo ejecuta” versa la popular frase del maestro Abreu dentro de El Sistema. Una idea que evoca en mí una gran ambivalencia. En efecto, lo creo así. Pero no puedo olvidar como esta persona la usó para justificar su abuso contra mí. Según él, yo debía dejarme llevar por el deseo sexual para así poder conseguir un sonido completo. Si quería tener un mejor sonido, debía ceder a sus actos sexuales. Me besaba, me tocaba para estimularme y demostrar cómo después sonaba mejor. Lo más difícil de todo es que yo atravesaba en pleno la adolescencia. Cualquier roce era estimulante. Mi cuerpo reaccionaba, inevitablemente. Eran sensaciones totalmente nuevas para mí.

Me empecé a sentir diferente y apartada del resto de mis compañeros. Estaba en una posición distinta a la de ellos. De nuevo, yo era una chama y todos ellos varones. Ellos nunca se sintieron sometidos a ese acecho durante su formación. En algún punto pensé que una salida podría ser dejar el oboe y probar suerte en la cátedra de fagot. Pero cómo iba a renunciar a mi instrumento después de haber logrado tanto. Yo genuinamente quería conquistar el mundo con el oboe y era verdaderamente buena en eso. Sin duda alguna, esa fue una de mis mayores vulnerabilidades frente a este depredador.

Empezó a hacer comentarios sobre mi cuerpo. Que mis caderas se veían más anchas, que mis senos estaban más grandes. Eso me hacía sentir desprecio por mi cuerpo. No quería de ninguna manera verme atractiva. Deseaba que mi cuerpo dejara de desarrollarse. Comencé a cambiar la forma de vestirme. Ropa holgada que no acentuara mis atributos sexuales. Ocultaba mi feminidad. Quería dar una señal clara hacia afuera de que yo no estaba provocando nada de lo que me estaba pasando. La culpa siempre al acecho. Luego vinieron de su parte preguntas constantes y acosadoras acerca de mi virginidad. Como si quisiera asegurarse por todos los medios de que yo nunca hubiera tenido alguna experiencia sexual. Era aturdidor, no bastaba con un no. Seguía indagando. Pero ¿qué sentido tenía? Probablemente cerciorarse de tener un trofeo aún más valioso.

Los actos sexuales iban escalando. Yo me había convertido en su proyecto personal. Las clases ya no eran solo en el Conservatorio, sino que había clases adicionales en mi casa. El supuesto deseo de hacer de mí una mejor oboísta justificaba este exceso de atención y encubría la necesidad de conseguir espacios más íntimos en los cuales poder llevar a cabo su abuso. Recuerdo claramente un día en el que, al terminar la clase, me hizo masturbarlo. No olvido la sensación de asco y desagrado. No podía mirar, solo movía mi mano guiada por la de él. Al terminar salí corriendo a lavarme las manos. Me sentía asqueada. Aún, hoy en día, repentinamente me invaden náuseas intensas cuando, por alguna razón, mi mente hace alguna asociación con ese momento.

Para aquel entonces, este profesor era alguien muy cercano y apreciado por una de las hermanas del maestro Abreu. Con ella gestionó un viaje a Caracas para que el maestro me escuchara tocar5 —el bendito asunto de presentarme al maestro. No llevó a ninguno de sus otros alumnos, solo a mí. Llegamos al hotel, de nuevo el Eurobuilding, y al momento del chequeo en la recepción las cosas se volvieron muy extrañas. Había tres habitaciones reservadas. Pero se suponía que yo me quedaría con mi mamá y él en otra habitación. Dijo que yo debía dormir en una habitación aparte porque no podía tener distracciones para poder estar concentrada para la presentación del día siguiente. Esa noche, mientras yo estaba dormida, entró a mi habitación. No sé de qué manera había conseguido que le dieran una llave extra. Me desperté y él estaba encima de mí con una erección frotándose contra mi cuerpo hasta eyacular. Luego se fue. ¿Cómo la institución podía haber costeado una tercera habitación solo para el capricho de este hombre? Al día siguiente salimos a las oficinas de Parque Central y toqué frente al maestro uno de los conciertos que había estado montando. No fue nada del otro mundo. Yo estaba devastada, la indignación se podía ver en mi rostro. Las fotos de aquel día lo recuerdan.

Quince años. Tras aquella visita a Caracas, recuerdo una llamada que hizo la hermana del maestro Abreu a este profesor. Estaba en mi casa y puso el altavoz. La escuchamos decirle con mucha preocupación “tienes que alejarte de esa niña”. Luego de eso, la institución encontró una salida: transferirlo a otro núcleo, uno que recién se estaba formando en Los Caracas, estado Vargas. Eso no me protegió, pues no detuvo que siguiera acosándome y abusando de mí desde la distancia. Tenía una manera de mantener control sobre mí: la cátedra. Me había dejado como encargada en su ausencia. Sabía que me importaban los niños a los que les daba clases —y realmente me importaban. Era una vocación muy valiosa para mí. Aún hoy en día recibo cada año mensajes de agradecimiento de algunos de ellos y sus familias. Con el tiempo entendí que la preocupación de aquella llamada no era por mí, sino por él y por los problemas legales que podrían surgir si se descubría lo que estaba este profesor estaba haciendo.

La persecución era extrema, me hostigaba a través de llamadas de teléfono que supuestamente tenían el propósito de hacer seguimiento a la cátedra, pero en realidad eran para monitorear cada movimiento de mi día a día. Un día me sentí tan harta que durante una de sus llamadas estrellé el celular contra el piso. Quedó inservible. En menos de 30 segundos estaba sonando el teléfono de la casa. Era él. Tan importante era asegurarse este medio de contacto que me dio un teléfono con una línea a su nombre para que sus llamadas no quedaran registradas en mi línea personal. Las llamadas se habían convertido en un medio para continuar el abuso sexual. Llamaba en las noches, me pedía que me tocara y que le relatara lo que iba sintiendo y él por su parte se masturbaba. Era clara su intención de escalar a una relación sexual. Y finalmente lo hizo una noche en la que mis padres no estaban en casa —solía viajar por temporadas a Barquisimeto para retomar la cátedra. Yo tenía miedo, fue incómodo, doloroso. Sangré, no solo porque había perdido mi virginidad, sino porque mi cuerpo no estaba preparado. Yo apenas había cumplido mis quince años.

Dieciséis años. Esto se volvió una práctica sistemática y, luego de un año, alrededor del Conservatorio circulaban comentarios de pasillo sobre la relación con este profesor. “Se la está cogiendo”, decían. Qué humillante era para mí. A toda costa quería evitar a ser la persona detrás de esa frase. Una razón más para no hablar. Cualquier posibilidad estaba vetada por ese temor y vergüenza. Me sentía expuesta. Ya no quería someterme a la mirada de los otros. Cada vez me escondía más del afuera y tocar frente a otros se hacía más difícil.

Algunos años después un amigo me daría una postal con un cuadro de Edvard Munch, Pubertet. Una adolescente desnuda sentada en una cama con la mirada perdida. Me dijo que me había reconocido en ese cuadro. Y exactamente así era como me sentía. El registro de toda aquella experiencia quedó plasmado en mi cuerpo. El miedo, el terror, la vergüenza, la impotencia, el silencio, la rabia se almacenaron en la memoria de cada músculo y articulación en forma de una memoria sensorial que no sabe de tiempo, de palabras ni de imágenes. Solo sensaciones vagas que se actualizan cada vez que encuentro alguna conexión con aquella experiencia.

Después de alcanzar el punto más alto en mi carrera con el oboe, luego de haberle escuchado unos años atrás al solista de la Orquesta Filarmónica de Radio Francia —Olivier Doise— decirme en una clase magistral que yo era la oboísta de 15 años más talentosa que había escuchado6; luego de triunfar como solista en algunas obras del repertorio con el que fui de gira por Europa con la Banda Sinfónica Simón Bolívar7; luego de sentir que podía tocar el oboe como nunca lo había hecho antes… luego de todo eso, dejé el oboe a un lado súbitamente. No pude tocar más. Algo me estaba pasando. La respiración no me daba, se me bajaba la tensión cada vez que tocaba. Un día me desmayé y el oboe se me cayó al suelo. Empecé a tener ataques de pánico. Mi cuerpo resentía todo lo que estaba pasando, estaba hablando lo que yo callaba.

Diecisiete años. Me vine a Caracas a estudiar Psicología. Hasta acá me persiguió esa persona. Pero esta vez yo había encontrado un espacio en el que él no podía penetrar, donde encontré amigas en las que me pude apoyar. Me hizo falta una fuerza titánica e incluso llevar a cabo conductas límite para lograr marcar distancia con esta persona y hacer que me dejara en paz. Me recuerdo montada en la baranda de un décimo piso asegurándole que me iba a lanzar si no me dejaba de perseguir. Finalmente lo logré, aunque parece que después de todo había tenido que pagar el precio de renunciar al oboe. Al tiempo intenté retomarlo y conseguí entrar a la Orquesta Juvenil de Chacao8. Era un ambiente con personas que no conocía y eso hacía más fácil lidiar con el peso del estigma que cargaba por todo lo que había pasado con este profesor. Llevaba la universidad y la orquesta en paralelo. No era fácil, pero lo estaba logrando. De todos modos no importó. Esta persona, seguramente valiéndose de su estrecha amistad con el Director Artístico de la orquesta de aquel entonces, logró penetrar ese espacio y empezó a dar algunos talleres de vientos maderas. Me sentí de nuevo vulnerable y ahí, definitivamente, tuve que desistir del oboe y todo contacto con el mundo musical dentro de El Sistema.

Al tiempo personas cercanas supieron lo que había pasado, lo que por supuesto trajo pregunta de “¿por qué no hablaste?”. En medio de todo eso, la confianza queda trastocada. No sabes lo que vas a recibir del otro lado. Muy pocas veces las personas están preparadas para escuchar del abuso. Recuerdo las preguntas que hacían en aquel momento. “Pero dinos la verdad, sé sincera… ¿Estás enamorada del profesor?”. Mi negación no era falsa. Yo nunca estuve enamorada de él. Es impresionante cuántas veces el mundo nos ha fallado y nos ha hecho entender mal estas situaciones. No es una estudiante que se enamora del profesor; no existe ese enamoramiento. Enamoramiento era el que sentía por J. De nuevo, una falla en el lenguaje. Son los profesores, en sus posiciones de poder y prestigio, quienes se aprovechan de las niñas para su beneficio personal y sexual. Nos han enseñado a admirar y respetar a estas figuras, nadie se atreve a confrontarlos. Y somos nosotras quienes nos debemos sentir expuestas y responsables por lo que pasa, porque en el imaginario colectivo existe la idea de que la niña, cual Lolita, se enamora platónicamente de su profesor que tanto admira. Si de entrada la pregunta tenía un error de sesgo, ¿cómo podía confiar en que la respuesta de los adultos iba a ser la adecuada? ¿Cómo podía sentirme verdaderamente resguardada? Nunca nadie me preguntó si me sentía hostigada, acosada, abusada o en riesgo.

Este testimonio va por mí, por otras personas que han pasado por experiencias similares y por quienes aún pueden salvarse de tener que vivirlo. Por mí y por ellas alzo mi voz. Yo no fui la única víctima de esa persona, ni la única víctima dentro de El Sistema. Me duele profundamente saber que una institución que me brindó tanto y por la que siento un gran valor llegase a albergar, al menos mientras estuve allí, a abusadores como este profesor. Algunas investigaciones ya han registrado este tipo de casos, como el polémico trabajo de Geoff Baker.

Quienes estuvieron conmigo durante aquellos años de abuso quizás no se sorprendan al conocer mi testimonio. Sé que para muchos surgieron sospechas, pero también sé que había un entramado de complicidades que les impedía abordar la situación. Era evidente que algo iba mal. Yo lo reflejaba y desde mi silencio me veían resistir. En mi caso no hablé con palabras, pero dije mucho con mi cuerpo y mis expresiones. Qué importante es saber leer esas expresiones y saber aproximarnos a quienes sobreviven al abuso.

He pasado estos últimos años escondida, sin poder decir en voz alta lo que me pasó, sintiéndome deslegitimada, diciéndome y diciéndole a otros que la razón por la que dejé la música fue porque no podía llevar la universidad y el oboe al mismo tiempo, a pesar de que la verdadera razón es esta historia de abuso. El proceso de reconstruirme después de más de 5 años sobreviviendo al abuso ha sido duro y doloroso. Fueron muchos años de silencio. El daño que me hicieron esas personas es irreparable, no solo porque me arrebataron el oboe, la música, mis amigos y espacios significativos, sino también porque ese dolor lo voy a llevar siempre conmigo.

Quienes me conocieron después, tal vez se sorprendan al conocer mi historia. Como dicen, la procesión se lleva por dentro. Porque a pesar de todo lo que viví, siempre me he mantenido en pie, con muchísima determinación y fuerza. Me gradué con honores en la universidad, he trazado una carrera profesional, mi formación me ha permitido construir una voz sólida que sabe hablar de la violencia y el abuso, he logrado hacer vida con alguien que me ha brindado su apoyo incondicional… he seguido adelante. Estoy viva y puedo contarlo. Y este es un acto de reconocimiento a mi fuerza y mi valentía.

Es probable que estos agresores sigan viviendo de su prestigio, a pesar de hacer público este testimonio. Eso no me detiene. Tengo la responsabilidad conmigo y con quienes aún están en riesgo ante estos depredadores de hacerlo. Esta no es solo una experiencia privada, también es un asunto público, colectivo. Es necesario seguir alzando la voz hasta dejar sin posibilidades a estos agresores de usar el poder que detentan para abusar y violentar a otras y otros. No es momento de callar, ya hemos tolerado muchos años de sombra y de silencio.

@VozEnAlto_ (Twitter) https://twitter.com/VozEnAlto_?s=09

1II Festival Barroco de Oboe Barquisimeto 2009 con el maestro Liviu Varcol, realizado durante el mes de septiembre.

2Festival del Niño y el Juguete celebrado en el estadio Antonio Herrera Gutiérrez el 13 de diciembre de 2009.

3Las actividades de aquella Orquesta Sinfónica Nacional Infantil de Venezuela transcurrieron desde el 27 de marzo hasta el 4 de junio de 2010 (día del concierto final).

4Hasta noviembre de 2010.

5Principios de marzo de 2011.

6Festival Internacional de Oboe 2011.

7Gira Internacional Europa 2013.

8Octubre de 2015.

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Un comentario en “Testimonio

  1. Lamento mucho la experiencia que tuviste que vivir y lamento también, que esa época (que pudo ser una época llena de felicidad y esperanza, una etapa fructífera para ti ) haya sido destruida y manchada por seres tan repugnantes y despreciables, espero que, a pesar de esto, puedas tener una vida increíble y que este pasado tan devastador, no afecte tu futuro, se que un día lograremos hacer justicia, por ti y por todos aquellos que han sufrido y experimentado algo similar, no lo olvides, eres muy valiente, eres muy fuerte y un ejemplo a seguir.

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